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Todo es misterio alrededor de este relato escrito por el estadounidense Herman Melville y publicado en el año 1853. Y así fue desde el principio, porque Melville decidió ocultar su identidad y que saliera con seudónimo, en dos partes, es decir, en dos meses, en la revista Putnam’s Magazine. También es misterioso el papel que ocupa en su literatura, integrada por libros de aventuras entre los que destaca el relato de la peripecia del capitán Ahab en busca de la ballena Moby Dick. Melville, el hombre de acción, vagabundo y navegante infatigable, es autor de novelas de viajes y aventuras… ¿Cómo pudo idear entonces la historia de un hombre sin presente, sin pasado, sin ninguna historia detrás, sin familia, sin amigos? Un ser anodino como nadie, gris, pasivo, un sin-rostro y un apenas sin-voz… pues solo la usa para decir una frase que repite como un mantra hasta desquiciar a los de alrededor: “Preferiría no hacerlo”. Esa es la curiosa historia del curioso personaje llamado Bartleby, el escribiente.
Una historia de Wall Street
Ese es el subtítulo original de la pieza. Es verdad, el cuento está ubicado en uno de los edificios de esa zona. Lo describe el narrador, un recientemente nombrado juez auxiliar del Tribunal Arbitral que da todo tipo de explicaciones sobre sí mismo, sobre sus empleados, sobre su lugar de trabajo…: “Mi oficina ocupaba un piso alto en el número X de Wall Street. Por un lado daba a una pared blanca perteneciente al interior de un (...)”. Por el otro, las ventanas gozaban, sin obstáculos, de la vista de una imponente pared de ladrillos ennegrecida por paso de los años y la continua sombra (…); para beneficio de los cortos de vista, se hallaba a escasos centímetros”. Y allí es donde irá a parar el nuevo escribiente.
Agobiado por la carga de trabajo, sí, pero sobre todo por los caracteres de sus dos empleados (uno trabaja bien por la mañana, pero por la tarde anda excitado, malhumorado, y el otro al revés), el juez contrata a Bartleby como bálsamo: “Lo contraté contento con tener entre mi cuerpo de copistas a un hombre de aspecto tan sedante que, pensé, podría influir positivamente en el temperamento volátil de Turkey y en el fogoso Nippers”. Esos son los otros personajes de la narración; entrarán en juego cuando llegue la acción.
La inacción desencadenante
Es muy curioso: el terremoto se desencadena cuando y porque Bartleby “prefiere no hacer” diversas cosas. Si, por lo general, la corriente apunta a que las grandes revoluciones, hazañas, descubrimientos, guerras las desencadena un “algo” poderoso –llámese un asesinato, un viaje, una ocupación–, este relato va en dirección contraria y propugna la revolución de la inacción, el tsunami de decir simplemente que no. Y demuestra que es posible. La primera vez que Bartleby pronuncia su famosa frase es para no cotejar sus copias con las de los otros empleados; la segunda, para no leerlas delante de su jefe. También se niega –o prefiere no hacer– a un recado que le manda, no contesta a sus preguntas inofensivas o directas… Es que prefiere no hacerlo. Y no lo hace. ¿Cuál es el problema? ¿Quién es Bartleby? Bartleby es un literal, un radical en su inocencia, lo que lo convierte en peligroso y raro ante los ojos de los demás. ¿Peligroso alguien que no hace nada y apenas dice algo? ¿Peligroso alguien por hacer su camino, lo que le dicta su extraña conciencia sin dañar a los demás? Gran problema; Bartleby no ataca, pero los demás sí se sienten profundamente atacados por su actitud.
Reacciones
En el prólogo de la edición de Valdemar, José R. Hernández Arias escribe: “Aunque Bartleby carece por completo de responsabilidad social, obliga a los demás a tomar una decisión moral: ya sea echarle con cajas destempladas, acogerle y cuidarle, ignorarle o hacerle daño. (…) Bartleby es un despertador de la conciencia moral ajena”. El catálogo de comportamientos se despliega en la novela en las reacciones de los distintos personajes o en los vaivenes de uno solo, el jefe, que es quien peor lo tiene, pues es el que lo ha contratado. Además de desconcertado como todos, se siente culpable, atado. “Había algo extraño en Bartleby que no solo me desarmaba, sino que, de modo misterioso, me conmovía y desconcertaba”. Su extraño e inofensivo empleado no ataca, pero tampoco responde a los motivos por los que le ha contratado. Sería fácil despedirlo, desprenderse de él, piensa en ocasiones, pero es que Bartleby no se desprenderá de él ni de la oficina; en un momento dado incluso la convierte en su hogar. El juez sabe que despedirlo, denunciarlo, significará el fin de aquel extraño ser sin ningún lugar al que ir, sin ningún familiar, amigo o conocido que le ayude o acoja. Y eso es lo que ocurre al final. Frente a su actitud dubitativa y pendular, que va de la compasión al enojo, se sitúan los empleados, mucho más resolutivos, a los que pide opinión; uno “lo sacaría a puntapiés de la oficina”, otro piensa “que está un poco chiflado…”. Ante ese dilema, el lector no es capaz de quedar al margen: ¿qué haría uno en una situación semejante?
Inacción
Pascal lo advirtió con su frase: “Todas las desgracias le vienen al hombre de no saber quedarse quieto en una habitación”. Apuntaba a la inacción como la felicidad suprema, la sabiduría. Bartleby sería el profeta de esa nueva religión de la inacción. Y le va tan mal como a los de las demás religiones, como al Cristo que ponía la otra mejilla, por ejemplo. El mito religioso del incomprendido, en el que muchos veían un tarado, que acabó devorado por el mundo al que quería salvar le va bien al testarudo Bartleby. Y también está en sintonía con el enigmático tono de la línea que remata el relato. ¡Oh, Bartleby! ¡Oh, humanidad!
Uno de los paralelismos más justificados es el que identifica la actitud de Bartleby con la desobediencia pacífica de Thoreau, contemporáneo de Melville. En 1846, Thoreau pasó una noche encarcelado tras negarse a pagar sus impuestos. Su conciencia… prefería no hacerlo. Prefería no hacer nada alejado de sus principios y de su percepción de lo justo. La diferencia es que Thoreau era consciente del poder de la negación: él quería cambiar las cosas: “Lo que tengo que hacer –afirma en Desobediencia civil– es no prestarme a hacer el daño que yo mismo condeno”. Herederos directos de ese espíritu y, de algún modo, parientes lejanos de Bartleby son figuras como Gandhi o Luther King. Más cercano es el parentesco con los personajes que pueblan los libros de Kakfa; empleados un tanto grises de grises notarías y despachos en general que se ven abocados a situaciones sin salida, en las que a menudo no saben cómo fueron a parar. Pero también hay pinceladas surrealistas en el relato de Melville y connotaciones que llaman al absurdo de Beckett o de Ionesco, cuyos personajes tienen siempre problemas con el lenguaje: balbuceos, repeticiones, tartamudeos, frases y palabras sin sentido son a menudo sus señas de identidad. En el terreno lindante de la literatura y la filosofía también hay espacio para Bartleby. Como indica Hernández Arias en el mencionado prólogo, algunos “se inclinan a considerarlo un antecedente de la literatura existencialista de Camus o Sartre. Son los que hacen de Bartleby un rebelde contra un universo absurdo. Para otros constituye un símbolo de nihilismo o una ironía schopenhauriana. Y todas esas teorías han sido defendidas en estudios y ensayos monográficos que llenarían varias repisas de libros”.
Hay interpretaciones políticas y politizadas que ven en Bartleby un trabajador alienado en la jungla de Wall Street, otras (en la misma categoría) hablan de él como un abanderado de la rebelión laboral, y ambas ven en relato una crítica a la deshumanizada sociedad capitalista. Hay explicaciones psicológicas y psicopatológicas al comportamiento de Bartleby y también personalistas que ven en el relato la frustración del escritor fracasado que Melville era cuando lo escribió (después de que Moby Dick no obtuviera los resultados que esperaba). Barriendo para la figura del escritor es posible rastrear en su biografía un especie de antecedente de Bartleby: un amigo de Melville, Eli James Murdock Fly que encontró trabajo de copista en Nueva York y se pasaba “todo el día escribiendo desde la mañana hasta la noche”. Y no es el único precedente: en una de sus cartas a su amigo Hawthorne lanza un incendiario panfleto a favor de quienes dicen no: “A un espíritu que dice no ni con truenos y relámpagos, el mismo diablo puede forzarle a que diga sí. Porque todos los hombres que dicen sí, mienten; en cuanto a los hombres que dicen no, (…) cruzan las fronteras de la eternidad sin nada más que una maleta, es decir, el Ego. Mientras que, en cambio, toda esa gentuza que dice sí viaja con montones de equipaje y, malditos ellos, nunca pasarán por las puertas de la aduana”.
■ Pilar Gómez Rodríguez
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