Encuesta

Filosofía e historia
María Diz Tengo pendiente su Adiós, historia, adiós. Aunque todavía no lo he leído, le preguntaría: ¿Qué opina sobre el dicho “Los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla”? ¿Vivir el presente significa olvidar la Historia? ¿Qué tiene el pasado que enseñarnos y en qué sentido resulta útil para el presente y para la construcción del futuro?
Ese dicho es, sin duda, un dicho bienintencionado, que intenta prevenir sobre todo contra los riesgos del olvido, pero qué duda cabe que es un dicho muy poco matizado. Entre otras cosas porque da por descontadas dos cosas que están muy lejos de ser obvias. La primera, que el olvido es siempre malo, como si no hubiera variantes del mismo no ya positivas, sino directamente saludables. Pienso en esos conflictos enquistados entre pueblos, comunidades o países de los que solo se puede salir haciendo un esfuerzo por no tener permanentemente presentes el inacabable listado de agravios infligidos o recibidos. La segunda cosa que no cabe considerar obvia es que la memoria es algo inequívoco, cuando, en realidad (como tantas otras cosas), se dice de muchas maneras, alguna de ellas muy poco útil a efectos de no repetir errores. Las conmemoraciones, pongamos por caso, se caracterizan precisamente por no ser fuente de conocimiento, sino de mero reconocimiento acrítico (lo conmemorado no se cuestiona, sino que se da por supuesto e interpretado bajo una determinada perspectiva).
Vivir el presente no debería, en principio, equivaler a olvidar la historia. De hecho, la forma clásica de legitimación del discurso histórico siempre ha pasado por considerar que la mirada hacia el pasado constituye el primer movimiento de un gesto complejo que termina regresando al presente. Para el historiador, el filósofo de la historia o cualquiera que tenga curiosidad histórica, el pasado no es la estación-término, sino un lugar de paso. Se trata de trasladarle al pasado las preguntas que nos formulamos en el presente, confiando en que nuestros antepasados puedan echarnos una mano para su comprensión. No se trata de una actitud reverencial o meramente pasadista, lo que nos convertiría más en arqueólogos que en historiadores en sentido propio.
Obviamente, no cabe elaborar un catálogo de las cosas que puede enseñarnos el pasado, porque eso significaría que ya sabemos lo que nos vamos a encontrar en él y, en consecuencia, estaríamos incurriendo en el re-conocimiento señalado hace un momento. El conocimiento (incluido el histórico, claro está) debe de sobresaltar. Debe sacudir nuestras más arraigadas convicciones, nuestros supuestos normalmente incuestionados. La desmesura del horror que hubo, de la generosidad que se regaló, la capacidad de nuestros antepasados para emprender aventuras ante las que hoy retrocederíamos o el empeño con el que persiguieron ideales que en nuestros días desdeñamos por inalcanzables son algunas de esas cosas que, en la medida en que nos provocan extrañeza, revelan su condición de experiencias que todavía pueden enseñarnos o, mejor, aún pueden hacernos crecer.
Carlos J. González Serrano ¿Qué papel daría a la filosofía en la formación básica y media? ¿Está condenada la filosofía a desaparecer de las universidades y lista para arrinconarse en caros institutos privados?
Es difícil, en este asunto, no deslizarse ni hacia la melancolía por unos presuntos buenos tiempos perdidos que tal vez nunca existieron (o existieron para una élite reducidísima) o hacia el tecnocratismo, supuestamente muy práctico él y adecuado a las nuevas circunstancias (especialmente del mercado). Desde luego que yo le asignaría un papel relevante a la filosofía en la formación básica y media, aunque probablemente haría falta una profunda y rigurosa reflexión acerca de la forma que debería revestir dicha presencia. Enseñar a pensar, a analizar con distancia y un cierto recelo el imaginario colectivo de nuestras sociedades es algo estrictamente necesario, imprescindible, si no aceptamos el diseño que por todas partes se nos propone de una sociedad compuesta por individuos banales e irreflexivos, incapaces de resistir a las acometidas ideológicas de los diversos poderes a los que estamos sometidos.
Pero eso no significa que cualquier manera de enseñar filosofía valga a estos efectos. Confieso que me soliviantan esos colegas que jamás se han caracterizado ni por poseer espíritu crítico ni por explicar el pensamiento de autores que lo poseyeran, reconvertidos deprisa y corriendo a la causa de que la filosofía es revolucionaria casi per se, con absoluta independencia del autor que se comente o la doctrina que se reconstruya. Me parece una muestra insufrible de oportunismo, que solo pretende justificar una reivindicación gremial, perfectamente legítima, por descontado, pero ajena a la filosofía en cuanto tal. No deseo, como se puede imaginar, que la filosofía desaparezca de las universidades, pero incluso en el más catastrofista de los escenarios (que se viera arrinconada en caros institutos privados o, peor, que fuera eliminada por completo), ello no tendría por qué significar el fin la filosofía misma, que, a fin de cuentas, hoy está demostrando su mayor vitalidad en escenarios ajenos a la academia (cada vez más mortecina, por cierto).
Alberto Filosóficamente ¿Piensa que hoy día alguien puede llegar al reconocimiento de “filósofo” por vocación más que por formación o por profesión? Y otra. Visto que por usted también es compartida la actual creencia de que la sociedad ve más fácil que el mundo deje de existir a que se abandone el capitalismo ¿cuál cree que sería el plan de acción para arraigar nuevas perspectivas en la sociedad? ¿Por qué ninguno, o pocos, de los llamados filósofos abandera un proyecto de esta clase? ¿Dónde queda la filosofía-protesta hoy?
Quede claro que el hecho de que constate lo generalizada que está la creencia de que es más fácil que se acabe el mundo a que se hunda el capitalismo en modo alguno implica que la comparta. En cuanto a la última parte de la pregunta, me parece que a los filósofos les está pasando lo mismo que a gran parte de los ciudadanos. El tiempo transcurrido nos permite certificar lo ingenua que era la expectativa marcusiana de que los intelectuales, radicales en su época de formación (él pensaba en los estudiantes de izquierda de finales de los 60), cuando llegasen a puestos de responsabilidad y poder aplicarían su juvenil voluntad de transformación y cambiarían el mundo desde arriba. A la vista está que no fue así. De la misma forma, la pérdida de impulso revolucionario por parte de los intelectuales hoy día corre en paralelo a esa misma pérdida de impulso en amplios sectores de la sociedad. Alguien podrá argumentar, y con razón, que por muy amplios que sean los sectores que han arrojado la toalla, todavía hay otros en los que se plantea la necesidad de profundas transformaciones. Pero en estos últimos también están presentes los filósofos. Lo que ocurre es que su presencia no es la de hace unas décadas. Pero eso de lo que informa es de la crisis de un cierto modelo de intelectual, y eso ya nos obligaría a entrar en otro asunto, algo distinto al de la pregunta.
Baldy Herrera ¿Qué les diría a quienes piensan que la filosofía no sirve para nada? ¿Qué le ha aportado la filosofía a su felicidad?
Les remitiría a Adorno, y les invitaría a que reflexionaran acerca del supuesto sobre el que se basa su pregunta, que las cosas han de servir. ¿Qué significa que algo sirva? ¿Todas las cosas sirven de la misma manera? ¿Por qué es importante que algo sirva? ¿Se atreven ustedes de verdad –les diría– a pasar revista a las cosas que no está claro que sirvan según su criterio, y a las que tanto tiempo dedican? Yo no le opondría a esos imaginarios interlocutores que me proponen un modo de vida más feliz. La felicidad se dice de muchas maneras, y yo estoy en mi derecho de pensar que la felicidad a la que muchos aspiran es un felicidad boba. Pero no es por ahí por donde quiero ir. No creo que la filosofía garantice la felicidad. Más aún: en muchas ocasiones nos hace más desgraciados (por ejemplo, cuando descubrimos el sinsentido de algo respecto de lo cual vivíamos en el engaño consolador de alguna hipótesis insostenible). Pero lo que sí nos garantiza es una existencia más intensa. Enterarse, aunque se sufra, siempre es mejor que vivir en la inopia. Putnam ya hablaba de esto: si le ofreciéramos a la gente tomarse una pastilla azul y ser feliz, solo que sin ser consciente de la realidad de las cosas, o tomarse una pastilla roja y captar la complejidad y los claroscuros del mundo, con todos sus matices (muchos de ellos desagradables), la inmensa mayoría se tomaría la pastilla roja. Quizá sea un indicador de que Aristóteles llevaba razón cuando afirmaba que todos los hombres anhelan por naturaleza saber.
Economía, sociedad y política
Daniel Aramayo ¿Cómo le gustaría que España conquiste su Tercera República?
No está entre mis prioridades la conquista de la Tercera República. Una república presidida por según quién me provoca auténticos sudores fríos (por si hay dudas al respecto, eso lo dice alguien que no se ha privado de criticar en público algunas actuaciones recientes del Jefe del Estado). Me parece muchísimo más prioritario avanzar en la dirección de una democracia en la que no fuera el único horizonte colectivo el que no nos desmantelaran por completo las estructuras de Estado de Bienestar alcanzadas, en la que las leyes electorales fueran modificadas para evitar las gruesas distorsiones en los mecanismos de representación que hoy tenemos que padecer, en la que existieran procedimientos que permitieran atajar de raíz la corrupción y, sobre todo, que fuera capaz de defender los intereses de la ciudadanía frente al, según parece, omnímodo poder de los mercados. Si el precio a pagar para que esa democracia capaz de reivindicar la esfera de la política frente al capitalismo especulativo y financiero fuera que debería aceptar una democracia coronada, lo pagaría con gusto (bueno, sin gran disgusto). Eso sí, por razones estéticas le pediría al futuro Monarca que fuera un poco más discreto y cuidadoso con algunas formas. A fin de cuentas, tampoco hay ninguna necesidad de meterse en según qué charcos.
Manuel Conejos Madrid ¿La aplicación masiva de las tecnologías de la comunicación es una herramienta de progreso o quizá estén deshumanizando al hombre y a la comunicación?
No me siento demasiado cómodo, he de empezar reconociéndolo, con la expresión “deshumanizar”. Dicho lo cual, tiendo a pensar que se han sobrevalorado dichas tecnologías. O tal vez fuera mejor decir que se les ha atribuido, algo apresuradamente, propiedades que no está claro que posean o utilidades que no se ha comprobado que tengan. Un veterano periodista de este país me comentaba la ilusión con la que intentó buscar en las redes sociales una interpretación de lo que estaba ocurriendo en la llamada “primavera árabe”, y la profunda decepción que experimentó al no encontrarse, como aquel que dice, con más cosas que las convocatorias de manifestación para el día siguiente. Las tecnologías son en este momento catalizadores, precipitadores, vehículos utilísimos del malestar colectivo y de las iniciativas de movilización, pero no está claro que estén sirviendo para conformar nuevos discursos o concepciones de lo real. Aunque hay que admitir que para el grado cero del pensamiento, el que se vehicula a través de consignas y eslóganes, son perfectas. Por tanto, y regresando al principio, yo te diría que su principal peligro no es tanto que deshumanicen la comunicación como que la empobrezcan extraordinariamente.
Magdalena Martín En el artículo suyo de El País, Cómo se reconoce a un filósofo de derechas, afirma que parte de la izquierda explotó la identificación entre derecha y franquismo. Da a entender que fue un discurso equivocado. ¿Cree que la derecha política española, en general, reniega del franquismo? ¿Da por descontado que todos los filósofos de derechas son siempre unos dogmáticos recalcitrantes?
Creo, en efecto, que esa identificación fue un planteamiento profundamente equivocado desde muchos puntos de vista. A mi juicio, si a algo contribuyó sobre todo fue a empobrecer la cultura política de este país. Por supuesto que no discuto –es obvio– que hay un sector de la derecha política española que sigue siendo franquista, igual que muchos de sus votantes son adictos a los canales de TDT más cavernícolas, pero eso no creo que sea el aspecto más relevante de la cuestión. Si la derecha de este país tiene el sostenido apoyo de millones de votantes (y, por añadidura, en este momento disfruta de una confortable mayoría absoluta) es porque ha propuesto un discurso que desborda con mucho los estrechos límites del neofranquismo. De hecho, algunos de los políticos y periodistas más zarandeados desde la izquierda suelen alardear de liberales.
Y esto es lo que debiera plantearse: un liberal-conservador puede ser perfectamente partidario del Estado laico (en Italia ha habido cardenales que lo han defendido), de una legislación reguladora no restrictiva de la interrupción voluntaria del embarazo, del matrimonio homosexual, etc. Se me dirá que la derecha española nunca ha promovido semejantes iniciativas, y es verdad. Pero no lo es menos que en muchas ocasiones en el pasado (pienso en los gobiernos de Aznar), la derecha, que había criticado desde la oposición tales iniciativas, al llegar al poder no movió un dedo para modificarlas. Y tal vez lo más importante: sus bases tampoco presionaron para que lo hiciera. Señal de que tal vez no eran tan recalcitrantemente cavernícolas como se les suponía.
En todo caso, supongo que se entiende que lo que me preocupa no es tanto la “incomprensión” de la derecha por parte de la izquierda, sino los errores que de dicha incomprensión se derivan. Porque cuando se identifica conservador con franquista (o facha) el problema es la subsiguiente identificación que se desprende, a partir de ahí, entre no-franquista e izquierda. Como si bastara con ser demócrata para ser de izquierdas, esto es, como si lo propio de esta última fueran unos rasgos que se agotan en la afirmación de la democracia. ¿Dónde quedan en este esquema las señas de identidad tradicionales de la izquierda, sus anhelos por una sociedad más justa, igualitaria y fraterna? Pero el reproche no tiene que ver con ninguna suerte de nostalgia de presuntas purezas ideológicas: es que a la vista está que, con este esquema tan poco matizado por parte de los sectores autodenominados progresistas, cuando la derecha en algún lugar ha sido capaz de presentar candidatos con imagen de “abiertos”, “liberales” o “no dogmáticos”, la izquierda ha perdido el poder durante lustros.
Felicidad, ética y otros valores
Paqui Gallardo ¿Por qué asociamos ingenuidad y felicidad? Cuando a los niños se les asocia la alegría a creer algo insólito como los Reyes, Papa Noel, el ratoncito Pérez, Dios... ¿no cree que nos hemos equivocado y que eso ha hecho adultos mas vulnerables frente a la frustración?
Es muy interesante nuestra persistente tendencia a atribuir a determinadas figuras (el niño, el loco, el borracho, el enamorado...) la capacidad de decir la verdad, de romper con las convenciones, de denunciar el espeso entramado de convenciones engañosas en el que vivimos atrapados. De hecho, con frecuencia los adultos hablamos de recuperar la presunta limpia mirada infantil como algo deseable, casi ideal. No es solo el anhelo de verdad el que nos hace añorar ese tiempo mítico: es, sobre todo, la asociación que hacemos de esa etapa de la vida con una felicidad casi plena. Reconstruimos aquel mundo perdido como un mundo mágico en sentido propio: nuestro pensamiento, o nuestro deseo, creaba la realidad. Por eso, quizá no era tanto que tomáramos lo fantástico por real, como que no distinguíamos entre lo uno y lo otro, y los Reyes eran tan reales como los padres (a los que, a su vez, considerábamos semidioses), y el ratoncito Pérez, tan próximo como la más cariñosa de las abuelas. Si estas premisas fueran ciertas, la edad adulta no podía comportar otra cosa que frustración. No porque uno descubra que los Reyes son los padres, sino porque descubre que los padres no son ni Reyes ni semidioses, y porque las abuelas, aunque ninguna se lo merezca, acaban muriéndose. Eso sí, podíamos haber hecho el esfuerzo por construir un mundo menos frustrante en muchos aspectos y unos individuos algo menos frágiles para soportarlo.
Ángel Ocaña André Comte-Sponville afirmó en El País Semanal que “alguien que sea plenamente feliz, ¿por qué va a querer estudiar filosofía?”. ¿Está de acuerdo?
Reconozco que me sorprendió la frase cuando la leí. Puedo entender que alguien se vea abocado a la filosofía como un mecanismo de consuelo, o que busque en ella explicaciones que le resulten balsámicas frente a los múltiples dolores que genera el hecho de vivir. José Hierro decía algo parecido respecto a la poesía: “Solo se canta lo que se pierde” (aviso que cito de memoria). Pero me parecería arriesgado, por no decir directamente insostenible, afirmar que el poeta no puede cantar otra cosa que las pérdidas. ¿Dónde queda toda la poesía amorosa en la que el poeta cantaba la infinita felicidad por poseer al ser amado? Análogamente, no toda la filosofía brota como respuesta a la infelicidad. Brota, si perseveramos en los clásicos, ante el asombro. Y uno de los mayores asombros lo proporciona precisamente la felicidad extrema.
En este punto, Comte-Sponville, casi siempre tan lúcido, se deja llevar por una fácil contraposición entre pensamiento y vida, como si el que ya tiene la sensación de poseer por completo lo mejor de esta última no experimentara necesidad alguna de pensamiento. Cuando lo que caracteriza al filósofo es precisamente que no concibe una vida plena que no incluya, como una dimensión inexcusable, su expresión en el espíritu. ¿Quién disfruta más de la contemplación de la belleza de un paisaje: quien se queda mudo, absorto, ante él, o quien, sin dejar de mirarlo ni un instante, atina con las palabras que describen su experiencia? ¿Quién experimenta con mayor intensidad el instante de su pasión: el que es incapaz de verbalizarla o el que regala a la otra persona el destilado verbal de sus emociones? ❖
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