Encuesta
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(Imagen: José Lorens)
Salvador Giner, catedrático de Sociología en la Universidad de Barcelona, acaba de publicar El origen de la moral (Ed. Península), donde desarrolla una aportación a la filosofía pública desde la ciencia social. A través de ella pretende desvelar un enigma: cómo una investigación sobre la génesis sociológica de la moral desemboca, a pesar del pluralismo credencial, multicultural y valorativo, en el universalismo ético. “A este paso lo llamo transición moral de nuestro tiempo”, explica Giner. Un ensayo que pone de relieve la importancia decisiva del pensamiento sociológico para un eficaz cultivo de la filosofía moral en el siglo XXI.
Como catedrático de Sociología, ¿qué tienen en común su disciplina y la filosofía? ¿Pueden trabajar de manera conjunta, plantear objetivos comunes? ¿Cuáles son sus diferencias ?
La teoría sociológica es el campo en el que filosofía y sociología se encuentran. Es un terreno en gran parte compartido. También lo es el de la filosofía moral, puesto que un analfabetismo sociológico por parte de la ética –como indagación del deber ser en sociedades específicas– la empobrece gravemente. También la debilita una ignorancia de la aportación de la teoría sociológica a una teoría plausible de la moral. De igual modo empobrece gravemente a cualquier científico social la ignorancia filosófica si aspira a elaborar una teoría de la sociedad humana que sea moralmente pertinente.
El proceso de “sociogénesis de la moral” al que se refiere en El origen de la moral, ¿por dónde ha de comenzar?
El proceso comienza con la vida social misma. La constitución moral de la sociedad proviene de su propia naturaleza. Cada estructura social, cada cultura y orden económico, así como toda desigualdad, engendra valores y actitudes para los miembros de la situaciones sociales en las que se encuentran. Existe así una lógica situacional de la moral vigente, basada en la estructura social a la que pertenecen sus participantes. El análisis sociológico debe explicar causalmente la dinámica de esa lógica situacional.
¿Qué quiere decir que nuestra época vive una “transición moral”? ¿Hacia dónde?
La transición es un paso del multimoralismo tradicional al universalismo, en condiciones de mundialización intensa. No se ha completado todavía. La incapacidad de los relativistas postmodernos por verlo y entenderlo descalifica sus argumentos.
Usted defiende la existencia de un orden ético universal a pesar del pluralismo multicultural presente en el mundo. ¿Qué razones le conducen a defender esta tesis?
El pluralismo multicultural al que alude la pregunta es, esencialmente, multimoralismo. A pesar de las aberraciones de nuestro tiempo, diversos movimientos de largo alcance –feminismo, ecologismo, antirracismo, promoción de los derechos humanos y civiles, pacifismo– caminan en esa dirección. Se trata de un fenómeno sin precedentes. Si, juntas, estas corrientes tan potentes confluyen, habremos constituido una sociedad decente y se habrá alcanzado la culminación de la transición moral. Lo cual no entraña que puedan surgir otras contracorrientes y que el mundo siga siendo imperfecto.
¿Qué validez tiene en la actualidad la convicción de Durkheim de que la moral está determinada por los hechos sociales?
Durkheim afirmaba que el hecho moral era un hecho social en sí. Otros hechos determinan la moral, así como ella misma los determina a ellos. La relación es de mutuo influjo. La sociodicea durkheimiana, y la sociológica en general, que ha sustituido la teodicea de antaño, por imposible, señala una senda de exploración digna de ser seguida, si se hace con espíritu crítico, sin justificar lo injustificable.
De la mano de la pregunta anterior, ¿es posible garantizar la separación entre moral y sociología?
No. La sociología es la moral de nuestro tiempo. O mejor dicho, la empresa sociológica es una empresa moral. Separar una cosa de otra es una solemne necedad.
Para usted las virtudes no son solo un producto cultural, propio de un lugar concreto, sino algo universal, “racional“, lo denomina. ¿Qué supone que las virtudes esténimpregnadas de “racionalidad”?
La racionalidad axiológica significa que hay virtudes que son esencial e intrínsecamente racionales. Todas las virtudes del buen ciudadano, por ejemplo; el afán por imponer la deliberación serena, el respeto a los demás, el derecho a la autodeterminación de un pueblo, y así sucesivamente son capacidades virtuosas y racionales. No hay virtudes irracionales.
¿Debemos emplear como único rasero moral la “ética evidencial”, esa especie de ética pública circunstancial que masiva y unánimemente identifica algo como malo o bueno? ¿Qué peligros y ventajas posee esta ética que deja en manos de la opinión el criterio moral?
La ética evidencial no debe ser la única vara de medir ni el único rasero. La ética evidencial es ambivalente: si se usa de un modo tergiversador, sin presentar la otra u otras caras de un asunto, no vale. Sin embargo, la puesta en evidencia en condiciones de democracia y plena capacidad de respuesta de las personas que delinquen, prevarican o explotan a víctimas inocentes, es una faceta muy notable de la deliberación moral contemporánea. Refuerza el republicanismo moral.
¿Cómo argumentar desde la sociología (en filosofía contamos, por ejemplo, con el intento titánico de Kant en la Crítica de la razón práctica) la existencia de una racionalidad inherente al ser humano, que le haga caer en la cuenta de lo moralmente bueno y malo?
La sociología parte, a pesar de diversos matices según las escuelas, de una concepción bastante identificable de la naturaleza humana (que publiqué en revistas de filosofía, pero que he incorporado a ediciones más recientes de mi somera introducción a la disciplina). Esa concepción sociológica de la naturaleza humana argumenta sobre la base de la racionalidad compartida por la mayoría a la que te refieres. El hombre, por lo general, posee sus razones, y sobre todo sus buenas razones, para comportarse en cada caso como se comporta. Conviene indagar qué le hace violar normas, delinquir o dañar a sus congéneres analizando en cada caso cuáles son esas razones, confesadas o inconfesables. La sociología analítica ayuda mucho en este sentido. Puede ayudar también a entender cómo hay compatibilidad profunda entre la posición kantiana y la ética de la virtud, y entre ambas y el consecuencialismo. Supongo que algunos lectores de Filosofía Hoy pensarán que estas tres posiciones son incompatibles entre sí, pero también comprenderán, estoy seguro, que no puedo argumentar convincentemente en una entrevista, como lo he hecho en El origen de la moral, aunque solo sea en escorzo, cómo es posible esa convergencia entre las tres posiciones clásicas.
En su libro se refiere a algunas aporías de nuestro tiempo como la producción de ignorancia mediante la información (a base de saturación) o de daños derivados de abusivas medidas de seguridad y controles excesivos. Le planteo una más: ¿qué opinión le merece el contraste entre la petición de justicia por parte de los ciudadanos en las manifestaciones del último año y que el Gobierno conteste que, precisamente, lo que se hace desde las instituciones no es más que cumplir con la legalidad? ¿De qué parte está la moral en este caso?
Más que una aporía, es un aspecto de mal gobierno. La moral en este caso está de la parte de los manifestantes. La desfachatez del gobierno merece mi más exquisito desdén. Deseo la mejor fortuna a mis conciudadanos en su combate contra la soberbia de los ignorantes que mandan. ❖ Carlos Javier González Serrano
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