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Agustín de Hipona: El poder de la fe

Descarriado durante décadas sin encontrar creencia o filosofía que estructurara su vida, finalmente encontró la fe; con ella transformó su vida y se convirtió en una de las figuras filosóficas más influyentes de la historia.



Todo el mundo necesita una filosofía para vivir. Nos guste o no, es imposible caminar por el mundo sin su marco de referencia. La necesitamos para distinguir lo bueno de lo malo, para conocer qué somos, a dónde vamos y de dónde venimos; igual que la brújula guía al viajero. La vida de Agustín de Hipona –San Agustín– es un ejemplo de la importancia de esta y de los cambios que las creencias, religiosas o no, pueden desempeñar en nuestra existencia. Su historia dio un vuelco completo cuando encontró la fe, convirtiendo a un joven perdido en uno de los pensadores más importantes de la historia, cuya influencia posterior muy pocos filósofos pueden igualar.

El joven rebelde

Aurelius Augustinus Hipponensis nació en el año 345 en la ciudad de Tagaste, en la provincia romana de Numidia, en lo que actualmente sería territorio de Argelia.
El joven y su historia estarán marcados fuertemente por las personalidades de sus progenitores: Patricio, su padre, era un hombre pagano, iracundo y de encendida sensualidad. Su madre, Mónica, era por el contrario una ferviente cristiana, que trató desesperadamente de inculcar a su hijo los valores de la religión de Jesucristo. Agustín beberá de ambas fuentes a lo largo de su vida con consecuencias muy distintas en todo caso.
Salvo algunos periodos concretos que enseguida veremos, la familia tuvo una vida bastante desahogada, lo cual permitió al joven gozar de una buena educación desde pequeño. Comenzó a dar sus primeros pasos bajo la tutela de un literattor (un maestro), para trasladarse años después a la ciudad de Madaura y estudiar gramática. Es en ese momento cuando las dificultades económicas hacen su aparición, por lo que Agustín debe volver a su ciudad natal durante una temporada para dedicarse... a nada. El joven le coge el gusto al ocio y empezará a caminar por una senda con un final muy incierto. Será necesaria la participación de su pariente y amigo Romaniano, que ayuda a la familia económicamente en estas horas bajas pagando la estancia de Agustín en la mítica ciudad de Cartago y así pueda continuar sus estudios de filosofía y retórica, materia esta última en la que, por su elocuencia y capacidad innata, destaca profundamente.
Para pavor de su madre, el joven comienza a alejarse cada vez más de los valores cristianos, algo que se va haciendo más patente. El hedonismo y el ocio desmesurado marcan la vida de Agustín, que hace del goce corporal el centro de su existencia. Acude a teatros, participa en certámenes públicos de poesía, busca la fama, el halago, y vive para disfrutar, sin serle ajenos los placeres sexuales. De hecho, y quizá como forma de rebelarse contra su educación o por simple pasión juvenil, empieza una relación fuera del matrimonio con una mujer (cuyo nombre no quiso indicar), fruto de la cual nacería su hijo Adeodato en el año 372, justo el mismo año que muere su padre.
Pese a su estilo de vida, Agustín sigue poseyendo un intelecto privilegiado que busca respuestas. Se topa en su camino con Hortensio, la obra de Cicerón, que renueva en él su interés por la filosofía, que ya nunca dejará de lado. Por otra parte, su búsqueda le lleva a acercarse cada vez más a las teorías maniqueas, religión universalista fundada por el persa Mani, que sostenía ser el último de los profetas enviados por Dios a la Tierra. Los maniqueos defendían una visión dual de la existencia: el mundo se halla en una lucha constante entre el bien y el mal, lucha que no es ajena al ser humano. Su alma es parte de la Luz (el bien), mientras que su cuerpo está en manos del demonio (el mal). Así, los maniqueos buscaban la liberación de la primera sobre la segunda mediante prácticas ascéticas y de desprecio a todo lo material (incluido el propio cuerpo; huelga decir que Agustín no iba por el mismo camino). Sus seguidores la consideraban como la creencia definitiva y verdadera, por encima de todas las demás religiones.

Sin puerto fijo

Imbuido por estas creencias, Agustín regresó a su ciudad natal, donde chocó frontalmente con los valores de su madre, quien lo expulsó de su casa. Tuvo la suerte, de nuevo, de contar con el apoyo de Romaniano, quien se hizo cargo de él y su familia, encontrándole un trabajo como profesor de gramática. No duró mucho, pues su objetivo era regresar a Cartago. Con dinero de su pariente, Agustín regresa a la antigua capital del estado púnico para abrir una escuela de retórica. Sus pensamientos siguen siendo difusos y cambiantes, al igual que su forma de vida, profundamente caótica, más aún tras la muerte de su hijo en esas fechas.
Por aquellos años, contacta con una de las grandes figuras del maniqueísmo, Fauto de Milevo, el cual decepciona profundamente a nuestro protagonista. Las creencias de Agustín se tambalean y será cuestión de tiempo que acabe echándolas por tierra.
En el año 383, Agustín emigra de nuevo. Engaña y abandona a su madre para viajar a la ciudad eterna, Roma, con el fin de labrarse un futuro. Allí, gracias a sus contactos con los maniqueos (pese a estar cada vez menos convencido de dichas teorías), busca trabajo como docente, pero la situación se complica. Está perdiendo el interés por la enseñanza a la misma velocidad que pierde sus creencias, se siente profundamente culpable por su estilo de vida y el haber abandonado a su madre, y para colmo de males enferma gravemente. Se está acercando peligrosamente a tocar fondo... y él mismo lo sabe.
Con la ayuda del prefecto de Roma, Símaco, consigue que se le ofrezca un puesto como profesor de retórica en Milán y allí, agarrándose a un clavo ardiendo, trata de encontrarse a sí mismo. Pero no funciona. Sigue sin ser capaz de encontrar puerto fijo. En Milán se reúne con su madre y su hermano Navigio, quienes consiguen persuadirle de que se comprometa según la tradición y ponga fin a su relación extramatrimonial. Fiel a su estilo, Agustín acepta: se promete con una mujer y deja a su amante, pero no sin antes buscarse otra –por si acaso lo del matrimonio no le convence–. La vida docente se le hace insoportable, y al verse incapaz de encontrar una filosofía sólida, se acerca al escépticismo (no podemos saber nada, así que mejor aceptarlo y relajarnos). Harto de dudar, decide que lo mejor tal vez sea no creer en nada.

El cambio

Y es allí, en Milán, donde se produce el cambio que transformará completamente la vida del futuro Agustín de Hipona. Poco a poco, los sermones del obispo de la ciudad, Ambrosio, van calando en él, lo mismo que las obras de Plotino y las cartas del ‘Apóstol de los gentiles’, Pablo de Tarso, San Pablo. Encuentra en el neoplatonismo y el cristianismo respuestas a los grandes problemas que habían atormentado a su mente –el materialismo, el bien y el mal–, y así abraza para siempre la fe. Cuenta la leyenda que el cambio final se produjo una tarde que, estando en un huerto en plena debacle personal, lleno de angustia y repugnancia por sí mismo, escuchó la voz de un niño que le dijo: “Toma y lee”. Agustín tomó el Nuevo Testamento y al abrirlo se tropezó con un versículo de la Epístola a los romanos que alude a la vida de Cristo frente a los apetitos de la carne. Como él mismo explicó, “al llegar al final de esa frase se desvanecieron todas las sombras de duda”. Agustín se siente lleno de luz, transformado y libre. Ha llegado su momento.Comprometido con sus nuevas creencias, en el año 386 abandona de un plumazo, a su prometida, a su amante y su trabajo. Está decidido a dedicar su vida a Dios y su estudio, y así lo anuncia a su madre, la cual, con enorme alegría por su conversión, retoma su relación con él tras años de disputas. Toda la familia, junto con algunos discípulos, se trasladan a Casiciaco, una región cercana a Milán donde Agustín será bautizado el 24 de abril del 387, a los 33 años. Allí comenzará una nueva vida, pura y casta, dedicando toda su energía al estudio de la filosofía y la religión, dando a luz obras como Contra los académicos, La vida beata y Soliloquia.

Retorno

Al año siguiente fallece su madre y Agustín toma le decisión de regresar a su tierra natal, donde dará comienzo su vida religiosa como tal. Nada más llegar, vende todo lo que tiene y reparte una buena parte de los beneficios entre los pobres, guardándose una pequeña cantidad para adquirir una propiedad donde él y sus discípulos puedan dedicarse a la vida monacal. Solo permanece allí tres años, pero la fortaleza de sus creencias y de su mensaje son suficientes para que su fama crezca por toda la comarca.
En el año 391 vuelve a trasladarse, esta vez a la ciudad a la que su nombre estará asociado por los siglos de los siglos: Hipona (en la actual costa de Argelia). Allí será consagrado sacerdote y fundará un nuevo monasterio en el que continuará, implacable, con su labor religiosa y filosófica. Solo le hacen falta unos años para ganarse el favor de los fieles y los altos cargos de la Iglesia, y en 396 es nombrado por el obispo Valerio Obispo auxiliar de Hipona, lo que le convierte básicamente en su sucesor, cosa que hace tras su muerte.
A lo largo de aquellos años la obra filosófica de Agustín de Hipona será imparable, llegando a desarrollar una ingente producción literaria de más de 100 tomos cuyo valor le posiciona como el primero de los cuatro Padres de la Iglesia, además de desarrollar una enorme labor pastoral y teológica que le llevó a enfrentarse con las diferentes corrientes de maniqueos, donatistas, arrianos y pelagianos que diferían de la ortodoxia cristiana. Como obispo tuvo un papel importante en los concilios III de Hipona, III de Cartago (397, en el que se establece la traducción de la Biblia al latín, la conocida Vulgata) y el IV de Cartago (418-422) siendo en estos últimos presidente de los mismos. Y todo ello mientras asiste con preocupación a la caída en barrena del imperio y su cultura, que tras el saqueo de Roma por las tropas del Rey Visigodo Alarico I, será ya irremediable.
No obstante, pese a todo, Agustín de Hipona no dejará de lado su labor hasta que, en el año 430, con la región de Numidia arrasada y la ciudad de Hipona sitiada y a punto de caer en las manos del Vándalo Geserico, muere a las 75 años.

Su legado

Más conocido a lo largo de la historia como San Agustín, fue padre, doctor y santo de la iglesia católica, máximo pensador del cristianismo del primer milenio y reconocido como uno de los más grandes genios que ha dado la humanidad. Su vida fue, y así se ha vendido, como un claro ejemplo del cambio que puede ejercer en un hombre la adopción de una serie de creencias y valores, especialmente la fe religiosa del cristianismo.
Pese a sus comienzos, nunca dejó de lado su faceta intelectual y su búsqueda de una filosofía con la que vivir, como dejó de testimonio en su obra Confesiones, revolucionaria no solo por su contenido filosófico y teológico, sino literario: nunca antes se había escrito un libro con semejante grado de intimidad. Una autobiografía que narra las tribulaciones que pasó el alma de Agustín de Hipona hasta alcanzar la verdad cristiana, que iluminó finalmente su vida: “La fe es creer lo que no vemos, y su recompensa el ver lo que creemos”.

SUS IDEAS
En la filosofía agustiniana hay dos puntos fundamentales que estructuran todo su pensamiento: Dios y el alma, siendo el primero el centro de su investigación metafísica y teológica.
Así, junto a esta afirmación, San Agustín nos brinda dos conceptos más: la filosofía del espíritu (basada en la intimidad y la confesión) y la relación de nuestro espíritu con Dios. De aquí parte toda la filosofía del santo.

Neoplatonismo
San Agustín recogió las ideas del pensamiento platónico, pero las reinterpretó según los valores cristianos. Si en la sabio griego el principio eran las cosas, en San Agustín es el alma, que se eleva desde el cuerpo hasta la razón, y de ahí, a Dios. Es decir: llegamos a Dios desde la realidad creada y la intimidad del hombre. Puesto que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, podemos encontrarle a través de nosotros mismos, como el reflejo de un espejo.
Otro aspecto de la reinterpretación del platonismo está en la teoría de las ideas, que en la filosofía del de Hipona están alojadas en la mente divina: son modelos ejemplares según los cuáles Dios ha creado todas las cosas.

Alma
El alma tiene un papel fundamental en la filosofía de San Agustín. La razón principal es que sus teorías lo convierten en el primer filósofo de la 'interioridad', pues el ser humano, por su alma, es la única realidad que tiene la facultad de entrar en sí mismo, por lo tanto es esta el elemento que lo define.
Agustín de Hipona defiende la evidencia íntima del Yo, ajeno a cualquier duda, a diferencia de los testimonios que nos brindan los sentidos y nuestros pensamientos acerca de estos. El alma, aunque de un modo indirecto, conoce las cosas, a sí misma y a Dios; y es capaz mediante la iluminación divina de elevarse al conocimiento de las mismas y las ideas eternas.

Moral
La moral del sabio cristiano también tiene ambos conceptos como base fundamental. Del mismo modo que el alma tiene una ‘luz natural’ que le permite conocer, cuenta también con un equivalente ético: la conciencia moral. Dios no solo ilumina nuestra conciencia sino que también imprime en nuestro alma su ley natural. Tenemos grabado en nosotros mismos los imperativos de las leyes divinas. ¿Y a través de qué elementos nos guía hacia la moral correcta? El amor, puesto que este determina nuestra voluntad.
La caridad, entendida como la forma de amor más puro, se encuentra en el centro de la ética agustiniana. No es casualidad que algunas de las citas más famosas de nuestro protagonista tengan al amor como protagonista: “Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor. Si gritas, gritarás con amor. Si perdonas, perdonarás con amor. Si tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa que amor serán tus frutos”.■ Jaime Fdez-Blanco Inclán


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